Jesús toma los panes y los peces, y delante de todos, los presenta
al Padre: lo bendice y le da gracias. Es la oración que todo judío recita antes
de comer. Sin embargo, es singular dar gracias al Padre en esta circunstancia.
Jesús tiene en las manos cinco panes y dos peces para cinco mil personas… Y,
sin embargo, precisamente en la escasez de pan, en la penuria, en la pobreza,
Jesús expresa al Padre su gratitud porque puede dar algo a los demás, porque
puede ser instrumento de la generosidad de Dios, poniendo el signo de una
solidaridad que será el fundamento de la Eucaristía: ser «pan» los unos para
los otros.
Luego Jesús parte el pan, lo da a los discípulos para que lo
distribuyan a todos. Normalmente, cuando se hace referencia a esta página del
Evangelio se habla de la «multiplicación de los panes». Pero en los
evangelistas esa palabra no aparece. Hay en cambio otra que invita a
reflexionar: «Jesús partió el pan». Partir el pan es el acto de compartir lo
que se tiene, de donarlo y hacerlo partícipe a los hermanos: es un gesto enorme
de comunión y solidaridad, una nueva forma de relacionarse con los demás y, al mismo
tiempo, de replantear la relación entre uno mismo y las cosas. El signo que
Jesús realiza es una prefiguración de la Eucaristía, del «pan» necesario para
ayudarnos mutuamente.
El evangelista señala que sobraron «doce canastos» (cf. Lc 9,17).
El número es elocuente: un canasto por cada tribu de Israel, un canasto por
cada mes del año. El pan es para todos y en abundancia. «Los que buscan al
Señor – y confían en Él – no carecen de nada» (cf. Sal 34,11).
El contexto eucarístico del Evangelio está preparado por la primera
lectura: Melquisedec, rey y sacerdote del Dios Altísimo, ofrece en sacrificio
pan y vino, una ofrenda nueva, y bendice a Abraham, el padre de los creyentes.
La carta a los Corintios recuerda la institución
de la Eucaristía: «El Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó
un pan, pronunció la acción de gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo,
que entrego por ustedes. ¡Hagan esto en memoria mía!”. Después de cenar hizo lo
mismo con la copa, diciendo: “Esta copa es la nueva alianza sellada con mi
sangre. Cada vez que la beban, ¡háganlo en memoria mía!”. Por eso, cada vez que
comen de este pan y beben de esta copa, anuncian la muerte del Señor hasta que
él vuelva» (1 Cor 11,23-26).