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sábado, 29 de agosto de 2026

El carácter trinitario de la Eucaristía

                                      CARÁCTER TRINITARIO DE LA EUCARISTIA



                                                   EULOGÍA: Bendición del PADRE

                                                  ANÁMNESIS: Presencia del HIJO

                                               EPÍCLESIS: Invocación del ESPIRITU

 

Meditación: El carácter trinitario de la Eucaristía

La Eucaristía es el misterio de la comunión trinitaria comunicada a la Iglesia. En ella, el Padre recibe nuestra acción de gracias; el Hijo se hace presente y ofrece su vida; el Espíritu Santo transforma los dones y nos transforma en un solo cuerpo. La celebración eucarística comienza en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y toda ella está penetrada por la fe en el Dios trino.

“La Eucaristía es acción de gracias y alabanza al Padre; memorial sacrificial de Cristo y de su Cuerpo; presencia de Cristo por el poder de su Palabra y de su Espíritu.”

Eulogía: la bendición del Padre

La palabra eulogía significa “bendición” o “buena palabra”. En la Eucaristía, la Iglesia reconoce que todo procede del Padre y vuelve al Padre como acción de gracias.

La Eucaristía es, ante todo, acción de gracias al Padre por la creación, la redención y la santificación. No somos nosotros quienes ofrecemos a Dios un don que no poseía; más bien, recibimos todo de su generosidad y le presentamos, agradecidos, los dones que él mismo nos ha confiado.

Cuando el sacerdote proclama:

“En verdad es justo y necesario darte gracias, Padre santo…”

la Iglesia entera entra en la alabanza del Hijo al Padre. La asamblea no está ante un espectáculo religioso: participa en el diálogo eterno de amor entre el Padre y el Hijo, en el Espíritu Santo.

Padre eterno,
todo lo que somos y tenemos procede de ti.
Recibe nuestra gratitud,
nuestros trabajos, nuestras alegrías,
nuestras heridas y esperanzas.

Haz que nuestra vida entera se convierta en una eucaristía, es decir, en una constante acción de gracias.

Anámnesis: la presencia del Hijo

Después de las palabras de la institución, la Iglesia realiza la anámnesis, el memorial de la Pascua de Cristo. No se trata de recordar un acontecimiento pasado como quien contempla una fotografía. En la liturgia, el misterio pascual de Cristo se hace sacramentalmente presente: su pasión, muerte, resurrección y ascensión.

Jesús mismo está presente. El que nació de María, el que anunció el Reino, el que murió en la cruz y resucitó, es el mismo que ahora se entrega bajo las especies del pan y del vino.

“Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!”

La Eucaristía nos hace contemporáneos del sacrificio de Cristo. La cruz no se repite, porque el sacrificio de Jesús fue ofrecido una vez para siempre; pero su eficacia salvadora se hace presente en cada celebración eucarística.

Señor Jesús,
tú eres el centro de la Eucaristía.
No permitas que te recibamos distraídos,
ni que nos acerquemos a ti por simple costumbre.

Haznos comprender que, al comulgar, recibimos tu entrega, tu obediencia y tu amor. Que tu “sí” al Padre transforme también nuestra vida en una ofrenda.

Epíclesis: la invocación del Espíritu Santo

La epíclesis es la invocación del Espíritu Santo. La Iglesia pide al Padre que envíe su Espíritu sobre los dones del pan y del vino para que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

“Santifica estos dones con la efusión de tu Espíritu, de manera que sean para nosotros el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, nuestro Señor.”

El Espíritu Santo no actúa únicamente sobre los dones. También es invocado sobre la comunidad:

“Concédenos que, fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu.”

El mismo Espíritu que consagra el pan y el vino reúne a los fieles en un solo cuerpo y hace de la Iglesia una ofrenda agradable al Padre.

Por eso, la epíclesis tiene una doble dimensión: transforma los dones y transforma a la Iglesia. El Espíritu Santo convierte el pan en Cristo y quiere convertir nuestra comunidad en una verdadera comunión de fe, caridad y servicio.

Espíritu Santo,
ven sobre nosotros.
Sana nuestras divisiones,
purifica nuestras intenciones,
renueva nuestra unidad.

Haz que quienes recibimos un solo Pan formemos realmente un solo cuerpo. Líbranos de la indiferencia, de la rivalidad y del individualismo.

La doxología: todo vuelve al Padre

La Plegaria Eucarística culmina con la doxología:

“Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria…”

Aquí aparece claramente el movimiento trinitario de la Eucaristía:

  • Del Padre procede el don de la salvación.
  • Por el Hijo recibimos la redención y ofrecemos nuestra vida.
  • En el Espíritu Santo somos santificados y unidos.
  • Al Padre retorna toda alabanza y toda gloria.

La Eucaristía es, así, la entrada de la Iglesia en la corriente eterna del amor trinitario. El Padre entrega al Hijo; el Hijo se ofrece al Padre por nosotros; el Espíritu Santo hace presente esta entrega y nos incorpora a ella.

Oración final

Santísima Trinidad,
Padre, Hijo y Espíritu Santo,
te adoro presente en la Eucaristía.

Padre, recibe nuestra acción de gracias.
Hijo eterno, permanece en nosotros
como presencia viva y sacrificio de amor.
Espíritu Santo, desciende sobre tu Iglesia,
santifícala y hazla un solo cuerpo.

Que cada Eucaristía nos introduzca
en la comunión de tu vida divina
y nos envíe a vivir en la tierra
el amor que contemplamos en el altar.

Por Cristo, con él y en él,
a ti, Padre todopoderoso,
en la unidad del Espíritu Santo,
todo honor y toda gloria,
por los siglos de los siglos.

Amén.

 


sábado, 1 de agosto de 2026

LA PORCIUNCULA – Y EL PERDON DE ASIS

 


LA PORCIUNCULA – Y EL PERDON DE ASIS

El 2 de agosto, en Asís, la Iglesia nos hace tocar con la mano el mensaje del perdón: no como una palabra bonita, sino como gracia que reconcilia, que sana y que vuelve a poner en pie a la persona. Hoy la ciudad de Asís y la Porciúncula nos recuerdan algo central del Evangelio: Dios es “rico en misericordia”. Y esa misericordia no es un adorno; es una necesidad real para el corazón humano. “¿Quién de nosotros puede decir… que no necesita esta misericordia… así que no necesita un purificador acto de Dios?”

Por eso, el “Perdón de Asís” no es solamente un evento del calendario: es una invitación a vivir la reconciliación como experiencia de la misericordia.

El perdón como reconciliación que viene de Dios

El Papa Juan Pablo II presenta el mensaje de la Porciúncula como un mensaje “di perdono e di riconciliazione, cioè di grazia” recibido por la misericordia divina, con “le debite disposizioni” (las disposiciones debidas).

Aquí se ve algo muy importante para entender bien la Iglesia: la misericordia de Dios no niega el mal ni rebaja la verdad del pecado. El perdón cristiano no es una especie de “borrón” sin conversión.

El Papa Benedicto XVI lo dice con claridad, la misericordia no cambia el significado del pecado, sino que lo consume en el fuego del amor; y ese efecto purificador y sanador acontece cuando hay reconocimiento de la ley de Dios, arrepentimiento sincero y resolución de comenzar una vida nueva.

En ese marco, el Evangelio nos desarma. Juan Pablo II lo resume con una pregunta: “O dicho en términos evangélicos, ¿quién de nosotros podría arrojar la primera piedra… sin mancillarse de presunción o irresponsabilidad?” Y añade: solo Jesús habría podido hacerlo, pero renuncia “con un incomparabile gesto di perdono… amore”.

Entonces, la misericordia no es solamente “para otros”: es el camino por el que Dios nos devuelve la paz interior. Juan Pablo II insiste en que cada día debemos reavivar “la invocación humilde y gozosa de la gracia reconciliadora” y el sentido de nuestro “debito” con Dios: un perdón que no merecemos, pero que nos coloca en paz con Dios y con nosotros mismos, infundiendo una alegría nueva.

Francisco, en una homilía en L’Aquila, describió el perdón con una imagen de paso real. Ser perdonado es vivir aquí y ahora un paso de la muerte a la vida, de la angustia y la culpa a la libertad y la alegría.

Y lo conectó con la vida concreta de la Iglesia: “ una gracia que nos vuelve a poner en pie”.

Esto se parece a lo que buscamos cuando venimos a confesarnos o cuando pedimos reconciliación: no queremos ser juzgados a la distancia, sino reencontrarnos con un Dios que nos mira con misericordia. Por eso, en otra ocasión Francisco explicó que el Sacramento de la Reconciliación permite acercarnos al Padre con confianza en su perdón: Dios es verdaderamente “rico en Misericordia” y lo derrama abundantemente sobre quien se le acerca con corazón sincero. Y al salir del sacramento, uno renace.  

Y nos podemos preguntar?? Qué significa hoy vivir el Perdón de Asís en tu día a día

Hoy podemos hacernos una pregunta sencilla y exigente: ¿en qué parte de mi vida necesito que Dios me reconcilie?

Porque Juan Pablo II no idealiza el corazón humano: confiesa con realismo la necesidad de un “intervento purificatore” y pregunta quién no tiene algo que pedirle “a él y a su paterna magnanimitad”.

Y Francisco añade un criterio pastoral: la misericordia no se entiende sin conocer la propia miseria; el Evangelio no nos acerca a un “Dios oscuro y aterrador”, sino al Cristo que es misericordia y que habla a nuestra miseria con amor que salva.

En términos prácticos, el Perdón de Asís nos empuja a tres actitudes:

  • Arrepentimiento real, no por miedo, sino por amor, porque el amor de Dios llega hasta lo que está herido.
  • Reconciliación concreta, porque el perdón no es solo una emoción: es volver a la comunión con Dios y con los hermanos.
  • Conversión cotidiana, porque Juan Pablo II vincula la misericordia recibida con el estilo penitencial de san Francisco: solo sobre esa base se comprende la vida austera de penitencia y se puede acoger la llamada a una conversión constante, que aparta del egoísmo y centra la vida en Dios.

La invitación: un camino breve, pero verdadero

El “Perdón de Asís” tiene también una dimensión eclesial y sacramental. Juan XXIII, al hablar del 2 de agosto, recuerda que el pueblo se orienta a la misericordia del Señor y cita la disposición del Papa para conceder la indulgencia con aplicación a los vivos y a los difuntos.

Y es importante un punto que debemos subrayar: aunque sea un “perdón” especial, no sustituye la vida sacramental. Juan XXIII deja escrito que “permanece firme” que el acceso ordinario a las “grandes indulgencias” exige Santa Confesión y Santa Comunión dentro de los ocho días siguientes.

Por tanto, esta semana del 2 de agosto, te invito a elegir un camino concreto:

  • Acercarte a la Confesión (si no lo has hecho hace tiempo) con sinceridad, llevando al confesionario lo que sabes que te aleja.
  • Recibir la Eucaristía, porque el perdón recibido quiere hacerse vida en Cristo.
  • Practicar un acto de reconciliación: pedir perdón donde lo debes, o perdonar donde el rencor se ha instalado. Francisco lo resume con una fórmula exigente: Que esa reconciliación no sea superficial: que nazca de la misericordia que Dios te da, que te purifica y te devuelve al amor verdadero.

Conclusión

Hoy Asís nos recuerda que el perdón de Dios es gracia: reconciliación que viene de la misericordia divina y que, con las disposiciones debidas, nos devuelve paz, alegría y un nuevo comienzo.

Pidamos al Señor que haga de nuestra comunidad un lugar donde la gente no se esconda, sino que se acerque; no solo para “pasar el día”, sino para ser curada y renacida en Cristo, que perdona y vuelve a poner en pie.

Oración:
Señor Dios, rico en misericordia, mira mi miseria y no me dejes solo con mi culpa. Concédeme un arrepentimiento sincero, una firme resolución de comenzar una vida nueva y la gracia de reconciliarme contigo y con los hermanos. Haz que este 2 de agosto sea para mí un paso real de la muerte a la vida. Amén.

 

sábado, 21 de junio de 2025

CORPUS CHRISTI - 2025

 


Jesús toma los panes y los peces, y delante de todos, los presenta al Padre: lo bendice y le da gracias. Es la oración que todo judío recita antes de comer. Sin embargo, es singular dar gracias al Padre en esta circunstancia. Jesús tiene en las manos cinco panes y dos peces para cinco mil personas… Y, sin embargo, precisamente en la escasez de pan, en la penuria, en la pobreza, Jesús expresa al Padre su gratitud porque puede dar algo a los demás, porque puede ser instrumento de la generosidad de Dios, poniendo el signo de una solidaridad que será el fundamento de la Eucaristía: ser «pan» los unos para los otros.

Luego Jesús parte el pan, lo da a los discípulos para que lo distribuyan a todos. Normalmente, cuando se hace referencia a esta página del Evangelio se habla de la «multiplicación de los panes». Pero en los evangelistas esa palabra no aparece. Hay en cambio otra que invita a reflexionar: «Jesús partió el pan». Partir el pan es el acto de compartir lo que se tiene, de donarlo y hacerlo partícipe a los hermanos: es un gesto enorme de comunión y solidaridad, una nueva forma de relacionarse con los demás y, al mismo tiempo, de replantear la relación entre uno mismo y las cosas. El signo que Jesús realiza es una prefiguración de la Eucaristía, del «pan» necesario para ayudarnos mutuamente.

El evangelista señala que sobraron «doce canastos» (cf. Lc 9,17). El número es elocuente: un canasto por cada tribu de Israel, un canasto por cada mes del año. El pan es para todos y en abundancia. «Los que buscan al Señor – y confían en Él – no carecen de nada» (cf. Sal 34,11).

El contexto eucarístico del Evangelio está preparado por la primera lectura: Melquisedec, rey y sacerdote del Dios Altísimo, ofrece en sacrificio pan y vino, una ofrenda nueva, y bendice a Abraham, el padre de los creyentes.

La carta a los Corintios recuerda la institución de la Eucaristía: «El Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó un pan, pronunció la acción de gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que entrego por ustedes. ¡Hagan esto en memoria mía!”. Después de cenar hizo lo mismo con la copa, diciendo: “Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre. Cada vez que la beban, ¡háganlo en memoria mía!”. Por eso, cada vez que comen de este pan y beben de esta copa, anuncian la muerte del Señor hasta que él vuelva» (1 Cor 11,23-26).

 EXTRAIDO DE LA CIVILTÀ CATTOLICA


jueves, 5 de junio de 2025

El origen judío de la fiesta de Pentecostés - Shavuot

 PENTECOSTES

En el año agrícola, Pentecostés era la segunda fiesta del calendario, la fiesta de la cosecha. Se celebraba cincuenta días después de Pascua (Pesaj), que recordaba la salida de Egipto del pueblo de Israel. En Pentecostés, los primeros frutos se ofrecían a Dios en ofrenda. La fiesta de Pentecostés ponía término también a las festividades agrícolas.

Lentamente, se asoció a esta celebración el recuerdo de la transmisión de las Tablas de la Ley a Moisés, es decir, la fundación de la religión judía. La fiesta de la cosecha se convirtió, entonces, en la celebración de la Antigua Alianza entre el Señor y su pueblo.

Como los judíos, los cristianos celebran Pentecostés cincuenta días después de Pascua. Y si la Pascua es para ellos la conmemoración de la Resurrección de Cristo, Pentecostés marca el momento en que el Espíritu Santo se posó sobre los discípulos.

En el día de Pentecostés ellos abrieron su inteligencia a la fe. Para los cristianos, esto significa la alianza renovada entre Dios y su pueblo, una nueva alianza. En otras palabras, para la Iglesia, Pentecostés constituye su «certificado» de nacimiento.

Shavuot y Pentecostés - La conexión entre las dos fiestas

Shavuot es la fiesta judía en la que se conmemora la entrega de los Diez Mandamientos de la Ley de Dios a Moisés en el monte Sinaí, tras la huida del pueblo de Israel de Egipto.

Por eso tiene lugar siete semanas después de la Pascua, que es la fiesta más importante para los judíos, pues celebra la liberación del pueblo judío de la esclavitud del Faraón. En hebreo “Shavuot” quiere decir “semanas” y también significa juramento: la alianza que Dios hizo con su pueblo por medio de la Ley.

Se celebra como un día de descanso en el que no se trabaja y se cena en familia, como en shabat. En las sinagogas se hace una lectura de los Diez Mandamientos y también se acostumbra a permanecer despiertos toda la noche estudiando la Torá. Este texto incluye los cinco primeros libros de la Biblia que, según la tradición, fueron escritos por Moisés. Estos libros son los que el cristianismo denomina Pentateuco (Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio).

Esta fiesta también tiene una vertiente agrícola, ya que los agricultores ofrecen a Dios los primeros frutos de las cosechas.

En tiempos de Jesús, y aún todavía hoy, judíos de todo el mundo peregrinaban a Jerusalén para venerar a Dios en el Templo durante las tres fiestas más importantes: Pascua, Shavuot y Sucot. Los cristianos celebran la Venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, que tuvo lugar el día de Shavuot, y pasó a llamarse Pentecostés (del griego quincuagésimo) porque ocurrió cincuenta días después de la Pascua.

El Cenáculo. Las escaleras y la puerta dan a la habitación en la que se conmemora la Venida del Espíritu Santo,
que permanece cerrada casi todos los días del año 

Tras recibir el Espíritu Santo, según narran los Hechos de los Apóstoles, “comenzaron a hablar en otras lenguas”. Judíos de todas las regiones del mundo que se encontraban en Jerusalén para la fiesta de Shavuot fueron testigos de esto y se preguntaban sorprendidos:

“¿No son galileos todos estos que están hablando? ¿Cómo es que cada uno de nosotros les oímos hablar en nuestra lengua en la que hemos nacido? Partos, medos y elamitas, habitantes de Mesopotamia, de Judea y de Capadocia, del Ponto y de Asia, de Frigia y de Panfilia, de Egipto y de las regiones de Libia alrededor de Cirene, viajeros de Roma, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestros idiomas de las maravillas de Dios”. (Hechos 2, 7-12)

Extraido del boletin " Primeros cristianos"

martes, 25 de febrero de 2025

¿Como y por que vivimos el tiempo de cuaresma?

 


¿CÓMO Y CUÁNDO EMPIEZA A VIVIRSE LA CUARESMA?

¿POR QUÉ 40 DÍAS? ¿POR QUÉ LA PENITENCIA Y EL AYUNO?

¿POR QUÉ LA IMPOSICIÓN DE LA CENIZA?

La celebración de la Pascua del Señor, constituye, sin duda, la fiesta primordial del año litúrgico. De aquí que, cuando en el siglo II, la Iglesia comenzó a celebrar anualmente el misterio pascual de Cristo, advirtió la necesidad de una preparación adecuada, por medio de la oración y del ayuno, según el modo prescrito por el Señor. Surgió así la piadosa costumbre del ayuno infrapascual del viernes y sábado santos, como preparación al Domingo de Resurrección.

Este período de preparación pascual fue consolidándose hasta llegar a constituir la realidad litúrgica que hoy conocemos como Tiempo de Cuaresma.

La primitiva celebración de la Pascua del Señor conoció la praxis de un ayuno preparatorio el viernes y sábado previos a dicha conmemoración.

A esta práctica podría aludir la Traditio Apostolicadocumento de comienzos del siglo III, cuando exige que los candidatos al bautismo ayunen el viernes y transcurran la noche del sábado en vela.

Por otra parte, en el siglo III, la Iglesia de Alejandría, de hondas y mutuas relaciones con la sede romana, vivía una semana de ayuno previo a las fiestas pascuales.

En otros ámbitos de la vida de la Iglesia, habrá que esperar hasta el siglo IV para encontrar los primeros atisbos de una estructura orgánica de este tiempo litúrgico. Sin embargo, mientras en esta época aparece ya consolidada en casi todas las Iglesias la institución de la cuaresma de cuarenta días, el período de preparación pascual se circunscribía en  Roma a tres semanas de ayuno diario, excepto sábados y domingos.

Este ayuno pre-pascual de tres semanas se mantuvo poco tiempo en vigor, pues a finales del siglo IV, la Urbe conocía ya la estructura cuaresmal de cuarenta días.

El período cuaresmal de seis semanas de duración nació probablemente vinculado a la práctica penitencial: los penitentes comenzaban su preparación más intensa el sexto domingo antes de Pascua y vivían un ayuno prolongado hasta el día de la reconciliación, que acaecía durante la asamblea eucarística del Jueves Santo. Como este período de penitencia duraba cuarenta días, recibió el nombre de Quadragesima o cuaresma.

¿Por qué la ceniza?

Hacia finales del siglo V, el miércoles y viernes previos al primer domingo de cuaresma comenzaron a celebrarse cómo si formaran parte del período penitencial, probablemente como medio de compensar los domingos y días en los que se rompía el ayuno.

Dicho miércoles, los penitentes por la imposición de la ceniza, ingresaban en el orden que regulaba la penitencia canónica.

Cuando la institución penitencial desapareció, el rito se extendió a toda la comunidad cristiana: este es el origen del Miércoles de Ceniza o «Feria IV anerum».

¿Por qué los cuarenta días?

El significado teológico de la Cuaresma es muy rico. Su estructura de cuarentena conlleva un enfoque doctrinal peculiar.

En efecto, cuando el ayuno se limitaba a dos días —o una semana a lo sumo—, esta praxis litúrgica podía justificarse simplemente por la tristeza de la Iglesia ante la ausencia del Esposo, o por el cli­ma de ansiosa espera; mientras que el ayuno cuares­mal supone desde el principio unas connotaciones propias, impuestas por el significado simbólico del número cuarenta.

En primer lugar, no debe pasarse por alto que toda la tradición occidental inicia la Cuaresma con la lectura del evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto: el período cuaresmal constituye, pues, una experiencia de desierto, que al igual que en el caso del Señor, se prolonga durante cuarenta días.

En la Cuaresma, la Iglesia vive un combate espiritual intenso, como tiempo de ayuno y de prueba. Así lo manifiestan también los cuarenta años de peregrinación del pueblo de Israel por el Sinaí.

Otros simbolismos enriquecen el número cuarenta, como se advierte en el Antiguo y Nuevo Testamento. Así, la cuarentena evoca la idea de preparación: cuarenta días de Moisés y Elías previos al encuentro de Yahvehcuarenta días empleados por Jonás para alcanzar la penitencia y el perdóncuarenta días de ayuno de Jesús antes del comienzo de su ministerio público.

La Cuaresma es un período de preparación para la celebración de las solemnidades pascuales: iniciación cristiana y reconciliación de los penitentes.

Por último, la tradición cristiana ha interpretado también el número cuarenta como expresión del tiempo de la vida presente, anticipo del mundo futuro.

El tiempo de Cuaresma se extiende desde el miércoles de Ceniza hasta la Misa de la cena del Señor exclusive. El miércoles de Ceniza es día de ayuno y abstinencia; los viernes de Cuaresma se observa la abstinencia de carne. El Viernes Santo también se viven el ayuno y la abstinencia.


extraido de "Primeros Cristianos "

 

miércoles, 19 de junio de 2024

DIOS ESTA DENTRO NUESTRO...

 


Dios está en nosotros

Ya saben que Dios está en todas partes. Claro que está donde está el rey, allí dicen que está la corte.

En fin, que donde está Dios, es el cielo. Sin duda pueden creer que adonde está Su Majestad está toda la gloria…

 Miren que dice San Agustín que lo buscaba en muchas partes y lo halló dentro de sí mismo. ¿Piensan que importa poco para un alma entender esta verdad y ver que no hay que ir al cielo para hablar con su Padre Eterno, ni para entregarse a Él, ni hay que esforzarse en hablar a viva vos? Por bajo que hable, está tan cerca que nos oirá.

Tampoco necesitamos alas para ir a buscarlo, sino ponerse en soledad y mirarlo dentro de sí y no extrañarse de tener tan buen huésped, sino con gran humildad hablarle como a padre, pedirle como a padre, contarle nuestros trabajos, pedirle soluciones para ellos, entendiendo que no somos dignos de ser sus hijos. (…)

Pero cuando un alma está comenzando a ver esta realidad, como no sentirse alborotarla por verse tan pequeña y tener en sí algo tan grande…

 Es que el Señor no se da a conocer hasta que va ensanchándola poco a poco, conforme a la tarea para la cual penetró en ella…

Por esto digo que trae consigo la libertad, porque tiene el poder de hacer grande el palacio.

Todo el punto está, en que se lo demos por suyo con toda determinación, y nos despojemos de nuestras cosas, para que pueda poner y quitar como en algo propio…

Tiene razón Su Majestad, no se lo neguemos. El no fuerza nuestra voluntad, toma lo que le damos, mas no se da a Sí mismo del todo, hasta que no nos damos del todo…

Santa Teresa de Ávila (1515-1582)
carmelita descalza y doctora de la Iglesia
Camino de perfección, 28,2.12, Adapt. sc©evangelizo.org, 2024

lunes, 29 de enero de 2024

Fiesta de la Presentación del Señor/ Nuestra Señora de la Candelaria

 


Hoy es la fiesta de la presentación del Señor en el Templo. Allí llegaron José y María con el niño y las dos palomas, como lo marca la ley de Moisés, después de los cuarenta días de purificación.

Sobre el lado este de la ciudad amurallada de Jerusalén, se encuentra la puerta Dorada, que da en forma directa al templo. (Tapiada desde la edad Media por Solimán el Magnífico) Por que los musulmanes, de acuerdo a la creencia Judía/ Cristiana, el Mesías entrará por esa puerta…

Por esta puerta, ingresaron José, María y el niño Dios...

Al entrar fueron recibidos por Simeón, que lo toma en sus brazos y da gracias al Señor, por haber visto la salvación del pueblo de Israel y continuo diciendo:

“Luz para iluminar a las naciones paganas y Gloria de tu pueblo Israel”

Simeón los bendijo y dijo a María: “Este niño será causa de caída y de  elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te  atravesará el corazón”…  

Desde los primeros tiempos en la iglesia de oriente, se festejó como la fiesta del encuentro, o de la candelaria o de la luz. Más tarde en el siglo IV en Roma , tomo un carácter penitencial, fundiéndose con una tradición romana, de la fiesta de LUPERCALES, asociada a los cirios y antorchas en manos de los fieles en procesión.