CARÁCTER TRINITARIO DE LA EUCARISTIA
EULOGÍA:
Bendición del PADRE
ANÁMNESIS:
Presencia del HIJO
EPÍCLESIS:
Invocación del ESPIRITU
Meditación:
El carácter trinitario de la Eucaristía
La Eucaristía es el misterio de la comunión
trinitaria comunicada a la Iglesia. En ella, el Padre recibe nuestra acción
de gracias; el Hijo se hace presente y ofrece su vida; el Espíritu Santo
transforma los dones y nos transforma en un solo cuerpo. La celebración
eucarística comienza en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y
toda ella está penetrada por la fe en el Dios trino.
“La Eucaristía es acción de gracias y alabanza
al Padre; memorial sacrificial de Cristo y de su Cuerpo; presencia de Cristo
por el poder de su Palabra y de su Espíritu.”
Eulogía: la
bendición del Padre
La palabra eulogía significa
“bendición” o “buena palabra”. En la Eucaristía, la Iglesia reconoce que todo
procede del Padre y vuelve al Padre como acción de gracias.
La Eucaristía es, ante todo, acción de
gracias al Padre por la creación, la redención y la santificación. No somos
nosotros quienes ofrecemos a Dios un don que no poseía; más bien, recibimos
todo de su generosidad y le presentamos, agradecidos, los dones que él mismo
nos ha confiado.
Cuando el sacerdote proclama:
“En verdad es justo y necesario darte gracias,
Padre santo…”
la Iglesia entera entra en la alabanza del
Hijo al Padre. La asamblea no está ante un espectáculo religioso: participa en
el diálogo eterno de amor entre el Padre y el Hijo, en el Espíritu Santo.
Padre eterno,
todo lo que somos y tenemos procede de ti.
Recibe nuestra gratitud,
nuestros trabajos, nuestras alegrías,
nuestras heridas y esperanzas.
Haz que nuestra vida entera se convierta en
una eucaristía, es decir, en una constante acción de gracias.
Anámnesis:
la presencia del Hijo
Después de las palabras de la institución, la
Iglesia realiza la anámnesis, el memorial de la Pascua de Cristo. No se
trata de recordar un acontecimiento pasado como quien contempla una fotografía.
En la liturgia, el misterio pascual de Cristo se hace sacramentalmente
presente: su pasión, muerte, resurrección y ascensión.
Jesús mismo está presente. El que nació de
María, el que anunció el Reino, el que murió en la cruz y resucitó, es el mismo
que ahora se entrega bajo las especies del pan y del vino.
“Anunciamos tu muerte, proclamamos tu
resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!”
La Eucaristía nos hace contemporáneos del
sacrificio de Cristo. La cruz no se repite, porque el sacrificio de Jesús fue
ofrecido una vez para siempre; pero su eficacia salvadora se hace presente en
cada celebración eucarística.
Señor Jesús,
tú eres el centro de la Eucaristía.
No permitas que te recibamos distraídos,
ni que nos acerquemos a ti por simple costumbre.
Haznos comprender que, al comulgar, recibimos
tu entrega, tu obediencia y tu amor. Que tu “sí” al Padre transforme también
nuestra vida en una ofrenda.
Epíclesis:
la invocación del Espíritu Santo
La epíclesis es la invocación del
Espíritu Santo. La Iglesia pide al Padre que envíe su Espíritu sobre los dones
del pan y del vino para que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
“Santifica estos dones con la efusión de tu
Espíritu, de manera que sean para nosotros el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo,
nuestro Señor.”
El Espíritu Santo no actúa únicamente sobre
los dones. También es invocado sobre la comunidad:
“Concédenos que, fortalecidos con el Cuerpo y
la Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo
cuerpo y un solo espíritu.”
El mismo Espíritu que consagra el pan y el
vino reúne a los fieles en un solo cuerpo y hace de la Iglesia una ofrenda
agradable al Padre.
Por eso, la epíclesis tiene una doble
dimensión: transforma los dones y transforma a la Iglesia. El Espíritu
Santo convierte el pan en Cristo y quiere convertir nuestra comunidad en una
verdadera comunión de fe, caridad y servicio.
Espíritu Santo,
ven sobre nosotros.
Sana nuestras divisiones,
purifica nuestras intenciones,
renueva nuestra unidad.
Haz que quienes recibimos un solo Pan formemos
realmente un solo cuerpo. Líbranos de la indiferencia, de la rivalidad y del
individualismo.
La
doxología: todo vuelve al Padre
La Plegaria Eucarística culmina con la
doxología:
“Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre
omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria…”
Aquí aparece claramente el movimiento
trinitario de la Eucaristía:
- Del
Padre procede el don de la salvación.
- Por el
Hijo recibimos la redención y ofrecemos
nuestra vida.
- En el
Espíritu Santo somos santificados y unidos.
- Al
Padre retorna toda alabanza y toda gloria.
La Eucaristía es, así, la entrada de la
Iglesia en la corriente eterna del amor trinitario. El Padre entrega al Hijo;
el Hijo se ofrece al Padre por nosotros; el Espíritu Santo hace presente esta
entrega y nos incorpora a ella.
Oración
final
Santísima Trinidad,
Padre, Hijo y Espíritu Santo,
te adoro presente en la Eucaristía.
Padre, recibe nuestra acción de gracias.
Hijo eterno, permanece en nosotros
como presencia viva y sacrificio de amor.
Espíritu Santo, desciende sobre tu Iglesia,
santifícala y hazla un solo cuerpo.
Que cada Eucaristía nos introduzca
en la comunión de tu vida divina
y nos envíe a vivir en la tierra
el amor que contemplamos en el altar.
Por Cristo, con él y en él,
a ti, Padre todopoderoso,
en la unidad del Espíritu Santo,
todo honor y toda gloria,
por los siglos de los siglos.
Amén.
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